¿Aborto legal?

“Si Dios no existe, todo está permitido”, reza la célebre frase de Dotoyevsky. En términos precisos, esta frase no está así expuesta y es la síntesis de una dilema más extenso que se presenta en la novela Los Hermanos Karamazov. Si no hay fe en la inmortalidad, si nada ni nadie regula lo que está bien y lo que está mal, entonces el único límite para nuestro apetito es la ley y la fuerza de policía del Estado.

329 deciden por más de 40 millones

El dilema se torna más difícil. La lucha de poder, la diferencia de posiciones y la búsqueda individual se presentan, como en Heráclito, en tensiones contrapuestas que se equilibran pero que no cesan. Esta lucha y debate se dan, en una democracia como la nuestra, en el congreso nacional. Las personas delegan su poder de decisión en otra persona que, en teoría, defiende ciertas posturas e ideología claras de antemano. No hace falta ser muy lúcido para notar que la democracia es un sistema de gobierno muy malo: si dos personas sostienen que la educación no debe ser universal y otra sostiene lo contrario, la educación como la conocemos se termina. Pero mala o no, la democracia ha demostrado ser más sostenible y menos peor que los demás sistemas de gobierno.

329 atrás y Dios de suplente

Por un lado, la muerte de Dios; por otro lado, la democracia y sus caprichos. Todavía resta considerar las personas en varias dimensiones. Si Dios no está (y si está no lo invitamos al congreso) para decir lo que está bien o mal, 329 representantes (entre diputados y senadores) deciden qué regula la vida de más de 40 millones de personas. Lo que no vale en democracia (no debería valer) es que si la ley no está a tu favor, no podés darle la espalda y hacer lo que quieras. Pero los 329 representantes son una corporación en sí misma, oscura, con intereses particulares y partidarios que tienen su propia agenda. Incluso algunos condenados siguen en su banca decidiendo qué está bien y qué está mal para nuestro país.

Si ahora son 329 los que deciden, por mayoría, que interrumpir el embarazo es ilegal (algo que ya fue dicho), entonces deberíamos acatar. Si ellos dicen que es ilegal a veces, deberíamos acatar; si dicen que es legal, también deberíamos acatar. ¿Pueden los argentinos acatar la ley? Sobra evidencia para decir que hay grupos que no están dispuestos a acatar, al menos, algunas leyes.

Educación sexual y anticonceptivos

Parece increíble que, entrado el siglo XXI, estemos debatiendo la educación sexual. Toda educación para la salud debería ser obligatoria en cualquier currícula. Todo conocimiento de causas, consecuencias, prevenciones y acciones sobre el propio cuerpo es apremiante y permite, además, abordar la problemática de salud pública de manera preventiva. La gratuidad de pastillas anticonceptivas que, aún hoy, no siempre están disponibles en centros de salud, necesitan de la educación para  que sean efectivas. Este reclamo es propio del siglo pasado y nos basta para probar que la agenda de los 329 está manejada por temáticas que no responden a la salud ni a la educación.

Ellas mueren

Uno de los problemas del aborto ilegal es que las mujeres mueren. Las que tienen dinero, pagan a un médico (al margen de la ley) para que el aborto sea seguro. Las que no tienen el dinero se someten a intervenciones caseras que terminan siendo perjudiciales para la salud y las llevan a la muerte. Este argumento es uno de los más usados a favor de la despenalización y sostiene que las mujeres van a seguir abortando de manera casera y van a seguir muriendo, más allá de la ley. Si el aborto es legal, ya no van a morir.

Aceptar este argumento nos lleva a utilizarlo en otros casos como, por ejemplo, las mulas que realizan contrabando de drogas. La mulas realizan este trabajo para subsistir. Si legalizamos el tráfico de drogas, las mulas dejan de morir. Si sigue siendo ilegal, morirán igual porque continuarán con esta práctica. No resulta un argumento muy convincente.

¿Cuál es el problema?

Básicamente, el problema es que el aborto no es la extracción del apéndice, de la vesícula o de una muela. No es un tema que abarca, solamente, el propio cuerpo. El problema es que hay otra vida en el útero y, en algún momento (¿cuál es ese momento y por qué?), hay otra persona. Nos queda, entonces, pensar en el no nacido. Como hombre, heterosexual y que profesa una fe religiosa, me convierto en el enemigo público preferido de feministas. Así que prometo proceder con cautela y desde la razón.

Hay una tibia aproximación de los que escriben en El Gato y La Caja a este debate. Y digo tibia porque entiendo que le sacan el cuerpo al problema. Hacen un resumen de la postura de la Iglesia frente a la animación (cuando el alma entra al cuerpo) en el no nacido. Entonces, nos muestran que la definición y constitución de persona entra dentro de una perspectiva política y cultural, lo que es cierto, pero también es cierto que absolutamente todo el problema alrededor del aborto y de la salud pública tiene una perspectiva política y cultural: la definición de salud, de derecho, de legalidad y gratuidad de prácticas médica y otras cuestiones, tienen sentido dentro de una cultura. Hay un juego muy lindo de palabras en el párrafo final pero nunca advierte que insensibilización, estatus moral y derecho son, también perspectivas culturales.

Definir cuándo se es o no se es persona (sin Dios en el debate) requiere de ciencia y razón y la resolución puede ser tan arbitraria como decir que todos tienen derecho a la salud y a comer por el solo hecho de haber nacido. Decir que la salud es gratuita responde a una posición, arbitraria, sobre la salud pública (podría ser otra posición). Decir que los negros no son personas, que los judíos son una raza inferior, que los niños espartanos “no aptos” deben ser arrojados al valle Ceadas o que no nos preocupemos en derramar sangre gaucha son definiciones históricas, culturales, antropológicas y, también, arbitrarias.

La despenalización del aborto

Excepto para casos de violaciones, situaciones que ponen en riesgo la vida y otros casos particulares que merecen toda la consideración necesaria, el aborto está penado. Hay, en la interpretación actual, un homicidio. Decidir, entonces, cuando hay o no hay una persona es de vital importancia en este debate. Si Dios no está, la razón y el debate es lo único que nos salva del capricho, de la violencia o del deseo. El debate que nos queda, entonces, es a conciencia y a fuerza de argumentos. Despojados de todo lo demás, la razón es el único camino por el que, todavía, estamos de acuerdo en transitar. ¿Estamos a la altura del debate y de aceptar la democracia de los 329?

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