Amigo, el día que no fue

Lo veo ahí, parado, ofreciendo unas Criollitas en el recreo. Debe tener cincuenta años. Llama la atención por la pelada, una cadena de oro y la mancha en el iris, sólo percibible cuando te habla de cerca. Usa un perfume delicado, camisa blanca y bremer rojo. Me cae mal. Pronuncia todas las “s” y también agrega “s” al final de palabras que no llevan. Entonces dice cosas como “¿vistes?” y “¿fuistes?”. Me cae como el culo. Porteño metiendo “s” en cualquier lado, porque sí, porque así se habla allá. Después supe que era de Quilmes. Yo tenía veinte años y una remera de los redondos como estandarte, así que para el caso era lo mismo y me importaba una mierda de dónde era.
Volvemos al curso. La actividad que sigue al receso consiste en seguir con la mirada a un participante que admires. De golpe, lo tengo mirándome, con su lunar en el iris y quiero llorar. El inspector de una empresa de seguros, ex-jugador de Quilmes, dos hijos, divorciado y vuelto a juntar con una tarada; me admira, a mí, un pendejo perdido en la vida, desertor de dos carreras de ingeniería, lleno de culpa, lector compulsivo hechizado por los carpichos de una tal Patricio Rey. No entiendo nada, pero el tipo me mira.
Tiempo después, yo figuro entre sus mejores amigos, conozco su historia, su mujer, la historia de su mujer y cada vez que va a hacer inspecciones en la provincia, me llama, subimos al auto y quemamos asfalto durante ocho horas.
Siete años más tarde, un día de calor, me estoy acordando de él. No tengo crédito, pero es cuestión de días. (Pelado de mierda. Llevamos cuatro meses sin salir a la ruta. Seguro que tu mujer te tiene cagando). Me llaman al celular. Atiendo sin mirar. Es Ruth, otra compañera del curso. Hace dos años que no hablo con ella, pero sé que está bien. Roberto siempre me cuenta.
– Hola. ¿Cómo estás? -pregunta- Te llamo porque te tengo que dar una noticia. Falleció un amigo nuestro.
– Decime que no se murió Luccarini.
– Sì. Se cayó muerto, mientras hacía la pileta de su casa. El sábado. Llevaron los restos a Quilmes, la mujer no atiende el teléfono, así que no sé más nada.

Nunca más hablé con Ruth. A veces cuando salgo a la calle temprano y veo amancer, me acuerdo de él. Es la hora a la que había que levantarse para acompañarlo. “La concha de tu madre, Roberto. ¿Cómo mierda te vas a morir?”, me pregunto en silencio. Me quedé con ganas de abrazarlo una vez más.
Perdí la costumbre de viajar por la provincia. Ya casi no me levanto antes de las ocho. Pero guardo un hábito secreto y silencioso: ahora, cada vez que me despido de un amigo, lo abrazo como si no volviera a verlo. La muerte arranca según su capricho. Hoy es un día de abrazos, Roberto. Hoy nos tocaba el asado, la risa y que te duermas en la mesa mientras yo sigo destapando. Te prometo que no me guardo más ninguno y que sigo brindando con los que quedan. A vos, te lo daré cuando pueda.
La concha de tu madre, Roberto. ¿Cómo mierda te vas a morir, pelotudo?

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