Chabrés, el artesano del cóctel.

Caminamos por la calle. Debbie me detiene diciendo: “Este bar siempre me recuerda a vos. Nunca entré porque no tengo con quién ir”. Me detengo. Lo miro: una barra en forma de herradura, paredes de ladrillos vistos, poca luz, mucho rock y copas colgadas. Averiguo que puedo entrar hasta las 4:30.
No soy un bebedor experto. Pero entiendo. Miro por encima de la barra. Veo una botella de Beefeater, una de Bombay, Cointreau, 6 marcas de whisky y Hesperidina. Ya lo dije: entiendo, y en el bar se toma con calidad. “Esta noche venimos”, le digo.

Estoy en el tercer trago. Alguien trae un libro y me entero: el mejor bartender de Argentina es el responsable de mis bebidas. Sus mezclas son exactas, precisas. No falta ni sobra nada. Chabrés enfría la copa con hielo, a la vieja escuela. Puede usar las heladeras, pero no lo hace. Le pregunto por qué. Vuelve a ser quirúrgico: “Yo enfrío la copa así porque quiero que sepas que trabajo para vos”.
Black Russian, un cóctel sin nombre (de su autoría) y un Pisco Sour son mis elecciones. Le agradezco, no mezquinamente, no por compromiso; le agradezco porque estoy tomando lo mejor que tomé en mi vida. Me convida sus creaciones, soy partícipe de su magia.

Él piensa que ganó dos clientes. Yo pienso que gané un amigo.

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