Crítica del pasado y el presente

No acostumbro a contestar críticas. En primer lugar porque no soy Pampita Ardoahin (en ningún sentido) y cada una de mis decisiones influyen y afectan a un reducidísimo grupo de personas que rara vez invierten su valioso tiempo en dedicarme una crítica. En segundo lugar, la mayoría de las personas que me critican hablan de mí pero no conmigo, de manera que ni siquiera tengo la oportunidad de contestar. En tercer lugar, cualquiera que haya contestado una crítica sabe que la réplica insume mucha energía y lleva, nuevamente, a otra crítica en un Ioop infinito como los almuerzos de Mirtha Legrand. En cuarto lugar, hay que decirlo, porque la mayoría de las veces no me importan. Pero en el transcurso de un mes recibí críticas similares de dos personas diferentes que me parecieron tanto oportunas como pertinentes y por eso le dedico estas líneas.

La crítica tiene como base mi pasado de cuasi militancia en el ALDE y mi actual ocupación de consultor de emprendedores, micro y pequeñas empresas. El término “cuasi militancia” lo utilizo por respeto a los verdaderos militantes y no porque tome distancia de ese pasado ni porque quiera “resignificar” los espacios que ocupé. Con aquellos compañeros de militancia compartimos el compromiso pero ellos le dedicaron (y muchos siguen dedicando) innumerables horas a reuniones, debates, campamentos, marchas y una larga lista de actividades a las que yo dediqué, comparativamente, un tiempo muy reducido. Cuando interpreté que nuestras ideas tenían grietas muy hondas y, sobre todo, cuando me alejé de la universidad, abandoné ese espacio. Y como no escondo el pasado, también debo mencionar que, antes del ALDE, tuve un acercamiento con mucho interés por la agrupación 12 de Junio (en Rosario) y por la Franja Morada (en la UTN de Santa Fe).

Para quienes no tienen la menor idea acerca del comunismo, les hago un brevísimo resumen en este post. Espero sepan entender el abandono de la exactitud en favor de brevedad y claridad.

Ahí estamos con el ALDE, militando para que las corporaciones (empresas muy grandes e internacionales) no entren en la universidad a decidir qué debe o qué no debe incluir el plan de estudios. Perseguíamos un universidad verdaderamente gratuita, laica y popular, para que el ingreso no sea por cupo ni por examen de ingreso (aunque siempre me manifesté a favor de exigir una base de conocimientos), para que la Ley Federal de Educación sea revisada, para que existan más becas, etc. Pero un buen día, entiendo que existen dos cuestiones claves que me resultan irreconciliables. La primera tiene que ver con las armas de la revolución: ¿dónde se iban a conseguirse las armas para una revolución armada? ¿En el supermercado? ¿La compraríamos con dinero de la venta de empanadas? ¿Se justifica secuestrar gente rica para que paguen con armas un rescate? ¿Vamos a entrenarnos en tácticas de guerra? Y, después de esto, ¿íbamos a ir con el dinero a decirles a los dueños del circo y a los mercados ilegales que nos vendan armas para derrocarlos? Esto, claro, sin entrar en cuestiones más profundas, como sostener si es legítimo salir a matar burgueses porque mi idea de un mundo mejor es diferente a la idea del mundo mejor de ellos. Por supuesto que entendemos que en el mundo está prohibido el trabajo esclavo, el empleo de niños y la jornada laboral está acotada. También sabemos que esto no se cumple y existen talleres esclavos, empleo de niños y situaciones precarias en las empresas.

La segunda cuestión tiene que ver con las personas: ¿la gente quiere cambiar el sistema o quiere pertenecer al sistema que existe y comprar dos televisores y un auto cero kilómetro? Porque son dos miradas diferentes y dos respuestas diferentes. Un poco a tientas, me inclino a pensar que la gente quiere pertenecer. La mala noticia es que en el sistema liberal no hay lugar para todos y de los lugares existentes, no todos son igualmente atractivos. Entonces, bajo esta sospecha, dejé la militancia.

En ese momento, respecto del futuro, solo tengo incertidumbres. No sé si la revolución se dará alguna vez y, si se da, no sé si estaré ahí para verlo. De hecho, pienso que está más cerca un cambio de escenarios económicos y políticos relacionados con la destrucción ecológica del planeta que por cuestiones ideológicas (lo que es muchísimo más grave). La crisis del 2008 nos dio una oportunidad histórica para un cambio profundo. Aún así, se prefirió salvar el sistema antes que cambiarlo. De cualquier modo, estuve varios años intentando dar con algunas respuestas, con algunas salidas sobre la desigualdad económica, política y social en la que estamos inmersos. No voy a aburrir con los detalles autobiográficos. Bastará con decir que así como la lógica de la academia es la del cartonero intelectual y la del sindicato es la del patotero; la lógica de la empresa es la lógica del dinero. Si no comprendés cómo funciona el dinero, a tu emprendimiento o empresa le puede ir muy mal.

En aquel pasado militante teníamos muy claro que no queríamos a las corporaciones formando parte de un consejo universitario e influyendo en las currículas. El motivo es muy simple: el 99% de las empresas en Argentina son PyMEs. Son ellas las que deberían dar mayores pautas de lo que necesitan aprender nuestros estudiantes. Cualquier corporación puede contratar un profesional y formarlo. La mayoría de las PyMEs no pueden hacer eso.

Después me tocó estar dentro de empresas (sí, me tuve que poner a trabajar) y más tarde me hice cargo de una empresa familiar. A los 18 años tenía clara dos cosas: no estudiaría biología o economía. Diez años más tarde, descubrí ese mundo a mitad de camino entre las ciencias sociales y la sofisticación matemática, que es la matemática. Pero las corporaciones son perversas, tienen una lógica depredadora y destructiva. Google tiene más reservas en efectivo que Argentina y Microsoft prácticamente sostiene la infraestructura informática de Argentina. Por eso, en el 2014, sabiendo que no podía ser un grito aislado en el abismo contra la lógica corporativa y, también, sabiendo que amaba los emprendimientos, decidí ayudar a otros. Decidí, entonces, concentrarme en acompañar, desde mi consultora Impulsio, a quienes aman lo que hacen y quieren vivir de esa pasión sin pedir más nada que una oportunidad. No trabajo con empresas grandes porque me parecen dañina y, solo a veces, brindo servicios a empresas medianas. Me acerco a personas que tienen ganas de producir, crear o comercializar el fruto de su trabajo. No pienso que esto subvertirá el orden del mundo o de la política. Pero sí creo que, mientras trabajamos para que tengamos otro modo de vincularnos con la subsistencia,  trabajar para que las personas sean felices cuando trabajan y para que puedan vivir de lo que aman es un aporte a la calidad de vida de una ciudad y eso es mucho más tangible que la próxima revolución.

Acá me sumo, claramente, la lista de aquellos que sostienen que el desarrollo de las economías regionales en escalas reducidas es la clave para una mejor distribución de riquezas, disminución de la pobreza y crecimiento de las personas. Acá me sumo a Huxley, Schumacher, Chesterton y Fromm, entre otros. Pero esto, claramente, es el tema de otro post.

Dejá una respuesta

A %d blogueros les gusta esto: