El desaparecedor

Tendría unos ocho años. Yo, nueve. Por alguna razón, sabía quién era. Se sentó al lado mío. Estaba probando la escuela, porque lo habían operado y había perdido un mes de clase. O venía a probar porque lo querían cambiar de escuela, nada más. No recuerdo. Era de talla más bien pequeña, rubio y con una voz tan simpática como enérgica. Sus tareas de matemáticas eran más avanzadas que las nuestras. No se distinguía por nada en particular, excepto por su guardapolvo blanco, inmaculado. Nuestro uniforme era rojo, y él se veía como un minúsculo ángel entre varios demonios. Desapareció.

Seguí su rastro, años después, por comentarios de algún conocido. Insisto: yo sabía de él pero no sé por qué. Nos volvimos a encontrar en la secundaria, a mis trece años. Estaba igual, pero tenía menos cabello al costado de la cabeza y era tan finito y débil, que si se los agarrabas fuerte, se le desprendían. Hablaba mucho de Granpa (su abuelo) y cuando lo íbamos a visitar, lo escuchábamos atentamente. Para mí, el viejo siempre tenía razón.

El living de su casa era tan soñado como inmaculado. No me quería sentar en los sillones porque tenía miedo de ensuciar los tapizados. Puteaba a su hermanita (que yo adoraba) mientras servía un vaso de Coca con mucho hielo que venían de una hendidura mágica en la puerta de la heladera. Más tarde, creo que en mi casa, empezamos a sopar las melbas en el vaso de coca. Lo manteníamos en secreto, porque nos parecía una asquerosidad exquisita.

En 3° años nos peleamos. Para ser sinceros, yo me peleaba con todo el mundo, incluso con Fede. Pero nunca nos fuimos a las manos. Siempre creí que si le ponía una trompada bien puesta, no podría resistirla y caería desmayado. Además, era una de las personas más buenas que conocí, y me costaba pegarle a alguien bueno. Terminamos, al fin, la secundaria. Yo me llevaba sólo cuatro amigos. A Búho y Moncho, los había perdido en 4°. De los demás, nunca había sido tan amigo o los perdí antes. Otra vez, Fede desapareció.

Había ido a estudiar a Buenos Aires. Me mandó una postal desde Houston, donde contaba que estaba de maravillas. Volvieron a operarlo una vez más. Después de eso, fue a visitarme. Estaba flaco, al punto que podía divisarle los orificios de una placa que le habían colocado en la frente. Yo practicaba una técnica similar al Reiki y le propuse tratarlo. Nunca sentí demasiado al hacerlo, pero ese día, las manos me hervían. Desapareció.

Supe, por Pablo, que lo habían vuelto a operar porque su cabeza seguía fabricando tumores. No hablamos mucho más del asunto. Los dos presentíamos lo que venía. Fede se había recibido, o estaba a punto, y cuando lo volví a ver, él le ponía tanta garra a la vida que yo me quedaba descolocado, siempre navegando en el absurdo.

Un día estaba terminando de dar clases, cuando sonó el teléfono. Era Pablo, que tenía una mala noticia. Ya no habían podido hacer nada y Fede había decidido no ver a nadie más que a él y, supongo, que a algún otro.

Desde hace diez años, todos los 20 de enero recuerdo su cumpleaños, las melbas, la bondad dibujada en la sonrisa y el puño apretado apuntándome a la cara y diciéndome con su brabura cándida: “yo voy a salir adelante, Lea, porque le pongo mucho huevo”.

Hoy, 20 de julio, sé que estás en paz y no puedo recordarte, porque nunca te olvido. Nunca más volviste a desaparecer.

 

One Reply to “El desaparecedor”

  1. Me encanto.

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