Feliz día amigo.

Anoche descendí al sótano de los recuerdos. Guardados tenía algunos baúles nuevos, otros llenos de polvo, los menos oxidados y deshechos. Curiosidad u ocio, revisé los últimos. Apareció mi primer amigo, en la guardería. En aquellos días era tu amigo el que te regalaba una masita y te prestaba su auto preferido. En ese instante se convertía de perfecto desconocido en amigo del alma; nada de mates ni de mirar minas. Te invitaba a su casa que quedaba en un pasillo de rejas verdes con tres timbres y uno, juraba, era el de él. Nunca conocí su casa, pero a veces, cuando vuelvo al barrio, miro los pasillos con rejas para ver si de lejos veo los rulos amarillos al viento y esos ojos azules y enormes.

Sigo buscando. En algunos dibujos encuentro recuerdos del jardín, ese lugar donde te vas haciendo “hombrecito” cabeceando el borde del arenero en la búsqueda desesperada de salvar a un compañero al que le robaron la palita. Y también estaban las primeras novias, nenas que te daban un beso en la mejilla en algún pasillo vacío. Eran dos o tres, la monogamia no se había inventado.

Removiendo plastilina, me encontré en el preescolar y ahí no había amigos, había patotas de sujetos que buscaban un lugar lejos del escritorio de la seño, y ante la confusión de una figurita perdida había cachetazos, las chicas se escandalizaban y la seño repartía gritos y penitencias. Si en el despelote le acomodabas una piña al Pepi, eras amigos de todos por un día. Ahí me encontré por primera vez cara a cara con la directora. Nunca pude borrar de mi corazón la amargura de aquel día.

No había novias. Si eras amigo o te acercabas a las chicas, inmediatamente te colgabas el cartel de “marica” y te dejaban en el banco la revista de “Heydi” en lugar de “Brigada A”, que era cosa de varoncitos.

En la primaria, el amor comienza a valer. Aparecen los desengaños de la rubia que no te mira, la morocha no sabe quién sos y la fea se enamoró perdidamente de vos. En gimnasia te mira fijo y la carpeta tiene tu nombre dibujado con las “fabercito” de color. Encontrás a los primeros atorrantes que te acompañan por más tiempo, le confesás que te encanta la colorada, que la alta tiene muchas tetas y que te gusta la seño de música. Por las tardes te vas solo a su casa en el cole prestando atención para no pasarte, tirás un par de sábanas viejas encima de dos camas, cerrás las ventanas, prendés un velador con luz roja y ya estás en un bar americano de lujo. De pronto, te encontrás apurando salvajemente un licuado de frutillas con leche y jugás cartas o TEG. Ahora sí, sos el rey del puticlub.

Llega su madre, te reta por las sábanas y te vas corriendo con la redonda hasta la puerta, disfrazás el portón de arco y hacés jugar al crespón seco de barrera: los tiros libres no se hacen esperar. Es hora de volver, te tomás el primer camión que pase sin que te vea el conductor y te bajás a media cuadra de la parada. Te despedís y volvés al barrio.

Ahí te esperan las bombitas con bichitos, y los timbres que piden ser tocados para salir corriendo. Te volvés especialista en escondites para la escondida, aprendés a ser policía y ladrón, a ponerle caca de perro al picaporte de la vecina, a pegarle un chicle en el timbre a la vieja de ochenta y seis años que no te deja jugar a la pelota. Hacés saltar la instalación eléctrica de la cuadra con una pelota de rugby. Te ponen en penitencia por vago, y te pasás la tarde jugando a las Barbies con tus hermanas y sus amigas. Entendés de moda y de ser el chofer o mayordomo de las turras.

Te enamorás de la vecina flaquita y dientuda. Le pegás al vecino indefenso y sabés lo que significa ser un cobarde.

Revuelvo entre lápices de colores y veo a mis compañeros de secundaria. El olor a jabón en polvo se mezcla con la tiza del pizarrón. Empezás a salir y te hacés amigo de los bares con paredes verde agua, mesas de madera, soda en sifón de vidrio y de esos vinos en cajita que son tremendos. Sos un experto en política y fútbol y con tus amigos vas a hacer la revolución como el Che. El boliche se vuelve un secreto de pocos, el vino tiene otro gusto y mareado entrás a bailar. Ahora tus amigos te hacen gancho con la minita del “Huerto” que te gusta, te defienden, te pelean, y hay una piñas serias. Ya no se jode.

Tenés el amigo mandadero: “Fulana gusta de vos, también” Y se te hincha el pecho, los árboles te saludan y te encontrás diciendo: “¿Querés ser mi novia?” Y te vas de la mano con la primera de todas, aunque pensás que es la única. Después te soltás y te peleás y sentís que el dolor es eterno. Un amigo compra un vodka barato para ahogar el dolor, y el desgarro se va no por la bebida, si no porque apareció otra, que está más buena. Entendés que el dolor no es eterno y el amor, a veces, tampoco. Te volvés a pelear y alguien te presta el hombro para que llores. Alguien que te conoce te ve en un rincón oscuro sin ninguna morocha, entiende tus ojos desencajados y vidriosos y te agarra de la solapa y te esconde para que nadie te vea. Sólo los amigos tienen permitido verte llorar. Alguien, en su silencio, avisa: “Ustedes son mi familia y el Leo mi amigo. A ustedes no los dejo y a él tampoco. No me jodan” Entonces entendés de que se trata la amistad y los restantes desaparecen de a poco.

Conocés los recitales, sabés las historias de las bandas. Vas al concierto que esperaste un año entero, y entrás temprano. Comienza el show, la banda toca TU tema y te vas corriendo abriendo paso entre la gente para llegar al pogo central, ese que te parte en dos, pero te hace feliz y más hombre. Alguien te taclea, parece un pumita, pero no… es tu amiga y te dice: “que suerte te encontramos, tuvimos problemas” y te enterás que tus amiguitas se quisieron pasar de vivas con el gordo “Disturbio”, un jerarca de los recitales.

La banda toca el segundo tema, vos tratás de hacerles entender que en un recital no se señala a nadie, a nadie se lo mira fijo a los ojos y si alguien te molesta te vas a otro lado. Le enseñás que una remera de Soda en un recital de los Redondos es un suicidio, que entrar a escuchar Almafuerte con una remera de Gilda es un error y que no da para ir a ver Divididos con la bandera del club de fans de Leo García. Prestás atención: la petisa tiene la remera de Miranda, la flaca la bincha del grupo de rock cristiano “Rescate” y la gringa se pasea con la campera de “Operación triunfo”. El gordo “Disturbio” te mira mal. Vos rogás que te pegue para sentirte menos pelotudo y más hombre. Terminás con las chicas haciendo un poguito de mierda al costado, cantando “Shine” con voz de histérica. Son como los teletubbies pero más infradotados. Ellas te aman, vos las odiás. Ellas te quieren invitar una cerveza en el bar “El parque”, vos querés que te devuelvan la entrada o que la banda toque de nuevo. Ese día también entendés que de eso se trata ser amigos.

Y de pronto, removiendo discos de pasta, aparecen los recuerdos más recientes, los últimos en llegar. Hacés un recuento: tus amigos son doce. Te sincerás: apenas suman siete. ¿Qué pasó? ¿Dónde fueron tantos recuerdos, tantos amigos? A ningún lado, ellos cambiaron, vos cambiaste y el concepto de amistad cambió. Ya no es cualquiera tu amigo, hace falta más que un autito y dos “Terrabusi” para entrar en el clan.

Aún así, ellos son parte de mí, por eso los recuerdo, por eso soy el que me hice y aunque ya no estén, aunque se fueron o me fui, siguen presentes en mis cicatrices de la frente o del alma. A ellos, a ustedes, mi homenaje humilde. Muchos poetas ya escribieron y cantaron a los amigos, muchos; pero ninguno los conoció a ustedes, a MIS amigos; estoy seguro que de haber sido así se hubiesen esforzado un poco más.

A los que se fueron: Adiós

A los que recién llegan: la kermés está por empezar

A los que no llegaron: los estoy esperando. No se demoren.

A los que siempre estuvieron: Gracias por estar.

2 Replies to “Feliz día amigo.”

  1. León mur grossso excelente, real y palpable cada letra del texto, debemos brindar por nuestra kermes

  2. Always liked this text.
    Comes from your better half!
    God bless you.

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