el fin del capitalismo

A mis 16 años la economía se me presentaba como un desatino. No tanto en un sentido técnico, si no en un sentido social. ¿Cómo es posible esta distribución de riquezas tan absurda? Por aquel momento, pensaba que el gobierno era el responsable total de esto. A los 16, también, me encontré con las críticas a la propiedad privada Marx y Rousseau.

Todo lo demás, fue una normal evolución de las cosas. Cuando entendés cómo funciona la economía, la política y el capital, te das cuenta de que el gobierno planteado como está planteado actualmente, jamás se pondrá en contra de la economía porque, básicamente, el dinero que recibe el estado es a través de la tributación y toda tributación grava, en última instancia, al consumo. Digo en última instancia porque percibe dinero (en Argentina el gobierno prácticamente no lo produce o produce muy poco) de ganancias, IVA y exportaciones que, en el extremo de la cadena, terminan en un consumidor o contribuyente. En otras palabras, mientras la gente gaste dinero en el sistema, el estado cobra impuestos y el sistema se hace más fuerte. Si la gente no produce, no distribuye, no vende ni consume dentro de la economía formal, entonces no tributa. Esta es la muerte para el estado y para el sistema capitalista, que tiene la circulación de bienes como factor clave de su estabilidad. Si mañana dejamos de tributar, adiós a las obras públicas, a los empleados públicos y a las empresas que proveen el estado. Todo se viene abajo. De manera que el gobierno se convierte en un gran hipócrita cuando afirma combatir el capital. Sencillamente no puede hacerle frente al capital porque tiene un interés legítimo en cobrar impuestos y se ve directamente favorecido con la salud de la economía. Además, todavía persiste un punto importante: ¿quién financia las campañas políticas? Adivinaste: las grandes empresas.  Sobre esto me explayo en el ensayo “La paradoja del voto doble” en el libro Filosofía Sub 40 – Ensayos Sobre La Democracia Contemporánea.

Entre los críticos de la economía liberal no solo están los marxistas y liberales que se proclaman de izquierda; también se encuentran críticos como Schumacher y las enseñanzas nada capitalistas de Budha, Jesús, Gandhi y los economistas de la felicidad.

En este sentido y en resumen, la idea es la siguiente: las economías de grandes escalas suponen un problema muy grande para el mundo por diversos motivos: 1) las empresas grandes dominan la cultura (en toda latinoamérica ocupan los primeros puestos de ranking los mismos géneros, cuando no las mismas canciones), 2) las grandes empresas tienen la capacidad de definir las políticas de un país, su sistema productivo, influir en las legislaciones y 3) las grandes empresas arrasan con las economías regionales. Sobre este tema profundiza el mencionado economista Schumacher en su libro “Lo pequeño es hermoso”.

Todo lo expuesto, finalmente, vale para decir y sustentar una idea tan simple como olvidada: el consumidor es el que tiene el poder de decidir. Todos estamos listos para encontrar culpables pero son pocos los que asumen su responsabilidad por lo que consumen, usan y estropean.

En este preciso momento, tanto el lector como quien escribe, compartimos un espacio virtual que es posible gracias a la minería, al combustible y a las investigaciones militares. 

Vuelvo a insistir en una idea ya trabajada: la mejor forma de combatir un sistema que se basa en la circulación de bienes es, precisamente, que los bienes no circulen, es decir, no consumir. Y dado que a esta altura de la humanidad esto es prácticamente imposible, se trata de consumir lo menos posible y tributar lo menos posible, no como una maniobra evasora, si no como actitud de no consumo, de responsabilidad declarada. Esta idea simple y sencilla es radical para el funcionamiento del sistema económico. Así como los grandes generales no ganaron sus batallas sin ayuda del soldado, las grandes empresas no adquieren su poder sin ayuda de sus empleados y, principalmente, del cliente. Apple y Samsung son monstruos gracias (al menos en gran parte) al consumo individual y la costumbre de cambiar el celular una vez por año.

La responsabilidad  y acción individual es clave y básica para la enorme brecha de distribución de riqueza. Esto, finalmente, es de vital importancia para la ciencia y el fútbol. Pero de esto hablaremos otro día.

 

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