La crisis de la educación

Cuando me encuentro con un docente, es una constante la queja: “Los chicos de ahora son terribles. No sabés qué hacer porque no te dejan enseñar”. Esto, que me consta verdadero, pasa, a mi entender por una crisis que no tiene que ver con los estudiantes ni con los docentes, si no con una forma obsoleta de entender la educación.

“No les importa nada”, suelen rematar. Pero detrás de este síntoma, creo vislumbrar algo que está más allá, que no tiene que ver con los actores si no con la mala elección del escenario. Es cierto, ni los niños ni los adolescentes son los mismos que hace 10 años. Pero, entonces, me pregunto: ¿por qué seguir insistiendo con una currícula que no los incluye? ¿De dónde sale ese supuesto de que “no les importa nada”? Los valores cambian, las sociedades cambian y el mundo cambia. A nadie se le hubiese ocurrido en 1997 plantear en el Senado el matrimonio entre personas de igual sexo. Pero aún hoy se entiende que puede ser útil de algún modo racionalizar una expresión algebraica, reconocer el grado de un polinomio, disinguir el objeto directo o si la voz usada en una oración es la voz pasiva. Y antes de la escandalización del lector, quiero decirle que los niños y adolescentes si se interesan por muchas cosas: música, videojuegos, redes sociales, computadoras, fútbol y a partir de acá, sólo se trata de seguir escarbando.

Porque antes la cosa era distinta: tenías que saber y punto. Hoy no es así. Nada es porque sí, nada es porque yo-lo-digo-que-soy-tu-padre/madre. Es verdaderamente un sinsentido buscar el conocimiento enciclopédico en épocas de Wikipedia, en épocas de tirar una pregunta en el ciberespacio y esperar a que alguien la conteste. Y esto que digo tiene que ver con la convicción profunda de que el conocimiento no es un tesoro para guardar en un anaquel. Es una fuente inagotable de herramientas para inventar, hacer e investigar. De manera que la pregunta fundamental es: ¿por qué y para qué enseñar lo que se enseña?

Los profesores de filosofía no logran despegarse de la enseñanza magistral. Lo importante de la filosofía para un adolescente no es qué dijo Descartes o Kant, si no cómo Descartes o Kant pueden ayudar a intrepretar y preguntarse sobre su propia existencia.  ¿De qué sirve conocer el imperativo categórico kantiano si no hay una movilización de la subjetividad en algún sentido? Tantas materias, tantos conocimientos atomizados y disgregados para nunca poder ver cuál es la razón esencial de conocer la estructura de una república. Es imperante cambiar el foco, dejar de lado el conocimiento como vlaor superlativo y entenderlo como una herramienta que nos ayuda a ir más allá. No existe ninguna razón para que un estudiante sienta alguna simpatía por el Martín Fierro ni por Facundo, y no la existe porque el grado de distancia que separa su mundo de facebook y de Messi de la civilización y de la barbarie y de la generación del 80 hacen imposible una reconstrucción lineal que pueda ser interesante para el hoy y para el mañana. Para ellos no existe ningún tipo de conexión entre el invento del transistor y una notebook. Y partir del transistor implica un retroces que en nada se asemeja al hoy que experimenta. No hay instrumento electrónico que no tenga en su interior un mínimo de matemática, un lenguaje (al menos binario y lógico) y una historia que lo acompañe. Desde un teléfono móvil hasta un correo electrónico tienen en su interior un proceso de síntesis, de depuración y de estudio que partiendo del control remoto del televisor se puede rastrear la historia, la evolución y la contradicción del conocimiento, abarcando la física, la matemática, la lengua, la historia, la economía, la biología y cuanta disciplina se cruce, incluuendo la música y la geografía.

La educación no puede seguir siendo pensada desde un sujeto que ya no existe, que ya no es y que no volverá a ser. La educación no puede seguir siendo pensada desde un marco “normal” sarmientista, porque el siglo XX y sobre todo el XXI viene demostrando que no somos iguales y que las subjetividades se expresan de manera tan diversa que es imposible sintetizarlas en un plan curricular como el que se tiene hoy en Argentina.

Los estudiantes me preguntan: ¿para qué sirven los polinomios? Y no puedo encontrar libros de secundaria que muestren las aproximaciones de gráficas útiles con el conocimiento humano. El marco conceptual que atraviesa la educación es enseñar primero las herramientas y después pretender que resuelvan problemas, cuando el mundo entero nos enseña todo el tiempo que las cosas deben hacerse más fáciles y accesibles la escuela nos enseña con un grado de complejidad que resulta incoherente con la vida cotidiana.

Con esto no quiero decir de ninguna manera que la escuela no deba abarcar la complejidad, si no que la abarca desde el lugar equivocado. Si hay una experiencia motivadora, las complejidades pueden ir sumándose en función de esa experiencia. Si el estudiante debe dar una clase de cumbia, deberá buscar información del origen, estructura básica, matices, deudas y aportes del género. Y esto es un trabajo que empieza a ser de una complejidad mayor pero que no deja de ser parte de la experiencia cotidiana. Y todos los géneros musicales le deben algo a otro género. Podemos remontarnos al período Barroco con Nightwish, podemos acercarnos a la música africana con el blues y el tango, podemos acercarnos a un grupo étnico con el reggae. Ya no puede ser indispensable partir de períodos de antaño durante 4 años para tratar de entender lo que pasa hoy. Avanzar en el conocimiento es un crecimiento que se logra no dentro del marco de lo impuesto, si no de lo anhelado y de lo amado. Sigue siendo parte de un paradigma obsoleto pretender que un adolescente de 14 años intente registrar como parte de su vida la cultura económica fenicia, cuando no logra entender la cultura económica del supermercado. Aceptamos una abrumadora cantidad de cambios en lo tecnológico, en la estructura familiar, en le manejo de la genética y de la tecnología, pero seguimos mirando al estudiante como lo que no es, tratando de que se adapte a un sistema que ya no es funcional. A los 15 años, San Martín era subteniente 2°. Hoy, a los 15 años un adolescente promedio no sale de su casa sin un celular y su máxima preocupación lejos está de ser la victoria de los pueblos libres.

Rousseau vio que el niño no era un adulto pequeño, si no que era un niño. Tenemos que ver que hoy ya no hay un adolescente modelo y tipo (como había una familia modelo y tipo en el año 1945), si no una complejidad de variantes en un radio no mayor de 2 kilómetros. Y esa complejidad, las nuevas estructuras familiares, el modelo del consumismo y del todo ahora y listo para usar condicionan de manera excepcional su comportamiento y no es esperable que de estos jóvenes haya un despertar salido de sí mismos si no es conducido desde afuera, por padres y docentes.

Es un error seguir atribuyendo el fracaso escolar a los estudiantes. Es un error pretender el esfuerzo y el sacrificio como parte de un marco moral en un mundo donde se muestra que tales cosas quedaron en el pasado. Desde un artículo de limpieza que limpia más en menos tiempo y con menos esfuerzo, hasta un automóvil que ayuda al conductor a estacionarlo sin problemas. Pero detrás de esa facilidad lograda en objetos palpables y concretos existe un grupo de personas que estudiaron, investigaron, ensayaron y se comprometieron con esos valores. El esfuerzo es del creador, del pensante, del generador de ideas, pero no del que hace uso de lo creado. Ese es el valor que hay que despertar, ese es el valor que hay que conseguir. La resolución de problemas como inicio de un proceso de conocimiento que nos lleva a grados de abstracción y de profundida conceptual no percibibles a simple vista.

El cómo se enseña es la estrategia a cambiar. Partir de quitar un clavo para conocer la tenaza. Partir del cómo funciona un televisor para enseñar física. La abstracción es una conquista conceptual que no nace de la manipulación de los elementos cotidianos. No basta entender que el mundo de 10 años atrás no es el de hoy. También hay que comprender que el estudiante de 10 años atrás no es el de hoy, y que el conocimiento como tesoro aquilosado en una mente ya no está convenciendo. El aporte que se espera de las personas no es de acuerdo a la capacidad de repetir fechas o fórmulas, si no de utilizar ese conocimiento para crear valor y nuevas propuestas para un mundo altamente volátil. Las fechas están en los libros, las fórmulas en la red. Vincular una fecha obtenida de un libro con una fórmula obtenida de la red es lo que les compete a las personas. Es ese proceso el que la nueva escuela debe fomentar. Utilizar la facilidad de acceso y de uso del hoy para generar nuevos aportes en el mañana. Este es el desafío; desafío que todavía la escuela no ha podido resolver.

One Reply to “La crisis de la educación”

  1. Lo he compartido en mi facebook personal. Sepa comprender mi acotado comentario. Me ha dejado sin palabras. Muy bueno.

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