La necesidad de un upgrade de la unidad de latinoamérica*

El sueño de los libertadores de América fue, en primer lugar, liberarse del imperialismo español o portugués y, luego, dejar el terreno sembrado para la unidad de los pueblos libres. Esta idea tan soñada por San Martín y por Bolívar nunca se consolidó de una manera definitiva. Sin ir más lejos, hoy existen conflictos territoriales, políticos, bélicos y económicos entre algunos de los países liberados. Lo que se logró por medio de las armas y por campañas brillantes, desde lo estratégico y táctico en el orden militar, no se pudo resolver en las mesas de negociaciones en el orden de lo político.

Cartografía colonial de América del Sur y Panamá
Mapa de Amércia del Sur y Panamá

De todos modos, siempre quedó entre los pueblos ese concepto de unidad, de identidad latinoamericana por tener un pasado en común y una historia muy similar entre los colonizados. Ahora bien, pasado doscientos años de aquellas luchas, se sigue sosteniendo esa unidad de los pueblos; una unidad más cercana al deseo que a la realidad. Una posibilidad que siempre está en construcción y cuyos avances estuvieron más ligados a aspectos económicos que políticos. La pregunta que hago es: ¿tiene sentido hablar hoy de una unidad latinoamericana? ¿Tiene asidero, en los albores del siglo XXI, seguir pensando en esa unidad que no se forjó? ¿Tiene sentido hoy, que los límites políticos se comienzan a desdibujar en un mundo totalmente global? Voy a explicarme un poco mejor. Es claro que tenemos un pasado en común, luchas en común, derrotas y victorias en común. Esto nos permite una unicidad a la que se le dedicaron canciones, poemas, películas, vidas y políticas. Pero esa identidad, además de histórica, no tuvo nunca una consolidación política y legal, de tal magnitud, que nos permita hablar como un solo pueblo y expresarnos con una voz. Los intentos actuales de unidad han logrado acuerdos y políticas en bloques, pero no en totalidad. Hay un esfuerzo en el Mercosur y hay un intento en la unión de las bolsas de valores con la Alianza del Pacífico, e insisto en que estas construcciones tienen un tinte más económico que político (aunque el Mercosur dio clara señales de alianza política en los últimos años). Sin embargo, estos acuerdos son deseables no sólo entre latinoamérica si no entre cualquier región del planeta.

La historia en común tenía características propias: una cercanía geográfica, un colonizador identificable (España o Portugal), herencia cultural con similitudes (la herencia de los hijos de la tierra por un lado y la cultura española o portuguesa por otro). Pero la cercanía política y la identidad del colonializador de antaño fueron mutando. Hoy, la cercanía geográfica es global e insume menos tiempo dar la vuelta al mundo que el tiempo que demoraba San Martín en viajar de Buenos Aires a Mendoza. Hoy, lleva el mismo tiempo acceder a las noticias de Estados Unidos que de Venezuela, China, Francia, Noruega, Egipto, Irán, Sudáfrica, Australia o Japón. Hoy, los colonizadores son más sofisticados, múltiples y globales. Hoy tenemos una hegemonía cultural que se rompe desde lo regional (punto donde todavía tenemos cercanía latinoamericana). Sin embargo, en este contexto actual hablar de una unidad latinoamericana es, mi opinión, un anacronismo. Hoy la “actualización a una nueva versión”, el upgrade de esa unidad latinoamericana se transforma en una nueva causa común que integra una forma imperialista actualizada y que se adapta, de igual modo, a actores latinoamericanos como a otros africanos y asiáticos. Que las falencias no resueltas antaño provocan erosiones en el hoy y se requiere una nueva unidad anclada en la historia de los últimos 150 años. Esto implica nuevos bloques de resistencia que exceden lo latinoamericano y exige, también, unidad global contra un imperialismo marcado por la corporación.

En este contexto, pienso que es necesario mirar el mundo con otra historia, encausando la resistencia desde una geografía global y no desde la geografía regional. El imperialismo ya no tiene bandera de países si no que tiene la bandera del capital. Se extraen recursos de los lugares más remotos (pero a bajo costo) para venderlos en los lugares más remotos (sólo si es rentable) sin diferencias geográficas. Esta mutación, este upgrade del capitalismo necesita, a su vez, de un nuevo upgrade de resistencia. Y más aún. Me atrevo a decir que la resistencia debe ser a nivel global, pero siempre en unidades locales; pequeños focos de resistencia diseminados por el mundo en vistas a una unidad en común; unidad que ya no está dada por la bandera, si no por un objetivo político-económico-social compartido. Ya no alinéandonos detrás de la unidad pensada por nuestros libertadores, si no alinéandonos detrás de la unidad propuesta por nuevos ideólogos de la economía, la cultura y la política. Observando un plano global pero aunando voluntades individuales.

La tarea no resulta tan sencilla en virtud de la diversidad de mundos y posibilidades. Mientras los actores del imperialismo corporativo comparten un objetivo en común (rentabilidad, ampliación de mercados, reducción de costos), los resistentes no comparten una misma visión del futuro, una identidad común o un mismo esquema de gobierno. Esto dificulta el encuentro y la unión de grupos, haciendo que la resistencia sea menos sólida y mucho más volátil. Pero aún tratándose de un enfoque global, hoy la resistencia sólo puede darse en espacios más reducidos. Esto, claro, es para un nuevo post.

* Gracias Ivana, Marta y Mario por las observaciones.

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