Me matan, Limón

Hace un poco más de doscientos años, resistimos las invasiones inglesas. Tiempo después, echamos a los españoles. Alberdi quería la invasión inglesa. Rivadavia, su dinero.

Después perseguimos unitarios y federales. Sobre el final del siglo XIX, Sarmiento pedía la sangre gaucha. En el siglo XX, nos civilizamos y sólo perseguimos aborígenes, con Roca a la cabeza y el Remington también a la cabeza, pero de un modo literal.

Dos días antes de terminar la segunda guerra mundial, se le le declara la guerra a Alemania. Perón importa nazis. Diez años más tarde, bombardean Buenos Aires para terminar con el líder justicialista.

Dejemos de lado los gobiernos de facto sucesivos. Sigamos con la triple A, Sallustro, Aramburu, Cesáreo Cardozo, Montoneros, ERP y los 30.000 desaparecidos de las FFAA.

Vamos a 1982, la guerra de malvinas. Corramos hasta el levantamiento de La Tablada y la semana Santa tan recordada. Vayamos a los saqueos de 1989, a la venta de armas en 1995, el helicóptero del 2001, a la muerte de Kosteki y Santillán.

Sigamos. Sigamos con los qom y con los demás pueblos originarios que ni siquiera tienen prensa. Lleguemos a hoy y miremos la violencia que tanto pavor ocasiona. El discurso de la Presidente, el discurso del ministro de economía, el ministro con el revólver sobre el escritorio, los guantes de box, Luis D’elia, las balas en la casa de Bonfatti, el discurso del sindicato, el de los empleadores, el asco de Fito Páez, las muertes en los 30 años de la democracia, los dichos de Macri, de la oposición a Macri y de Kirchner y los opositores por deporte. Las madres de plaza de mayo, las disidentes, el dinero que no se entiende. Clarín, TV Pública, Crónica, Página 12.

Pero sigamos. Sigamos con los viejos golpeados por robos, con las mujeres muertas por violencia de género, por las órdenes de restricción que no se cumplen, por la trata de personas, por el narcotráfico, por los robos impunes.

Miremos la policía que manda a robar; que si no manda a robar, libera la zona o no encuentra a nadie; que si encuentra, lo robado no aparece o aparece en parte. La cárcel que no corrige, no enseña, no nada. El hospital desbordado. La escuela pública maltratada. Derechos de consumidores inexistentes, la chica violada, Romina Tejerina, el robo a la nena, a la señorita, a la señora, a la anciana. Denuncias que no tienen cabida, el fiscal que no mete preso, el juez sin sentencia. Oyarbide.

Luego, condimentemos lo dicho con los los saqueos o los supuestos saqueos, con las vedettes que se pelean al aire, con los comentarios de Rial. La violencia del fútbol, de los jugadores, de los hinchas, de los dirigentes. Tomemos una coctelera. Mezclemos todo. Bien mezclado con hielo pero sin azúcar. Déselo a beber a dos, a tres o a cuarenta millones de personas y espere diez minutos.

Ahora ponga en la calle a un chico de quince, dieciocho o veinticinco años que intenta robar en un negocio o que pretende llevarse una cartera. Espere. No haga nada. Espere. Vea como el cóctel hace efecto y lo desarman a patadas en la cabeza. Hay que indignarse. Mucho. Nadie sabe cómo llegamos a esto. Nadie quiere justicia por mano propia. Pero si mira con cuidado, lo que está viendo es gente que se está ocupando de la justicia que nadie le está dando. Seguro estamos de acuerdo en que es un concepto de justicia pobre, que el proceder es nefasto y que esto no lleva un problema cada vez mayor. Lo extraño es que nos tome por sorpresa, que haya gente asombrada con un desenlace, que si se lo mira bien, estaba escrito hace mucho. Debo confesar que yo esperaba esto antes. Al mirar el reloj, decía: “Qué extraño. Se están demorando demasiado”. No se preocupe, todavía queda más. Aún no se animaron a pegarles a los políticos y a los jueces. Eso puede llevar más tiempo. Pero cuidado, que los maestros ya están recibiendo de los padres.

El 24 de marzo escuché “Ni olvido, ni perdón / Milicos al paredón”. No entendí muy bien por qué la llamaban “Nunca más”. Yo, por las dudas, no guardo la coctelera. Me parece que todavía nos faltan unos tragos.

 

 

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