La chica que leía a Capote en el bondi

Hacía calor. Yo viajaba desde Córdoba hasta Río Ceballos. No recuerdo en qué andaba, sólo recuerdo que hacía calor. Subió una chica de edad incierta en una de las tantas paradas en Córdoba. Pensé en arriesgar un número. Dudé mucho. Pensé un número más amplío: ¿podría ir preso por estupro? Pensé que no, que incluso era mayor de edad. Sonó su celular. Su lenguaje me dejó mucho más claro que no llegaba a los veintiuno. La miré. Hablaba fuerte y no podía concentrarme. Por fin colgó y me dejó seguir leyendo. Abrió una mochila, sacó un libro de Capote. No era “A sangre fría”. Era un libro de cuentos. Entonces no pude leer más. Ella leía y yo miraba. “Qué extraño”, pensé. “Veinte años y está leyendo Capote. Nada de García Márquez, ni siquiera de Bonelli. La piba lee a Truman Capote”. Traté de seguir leyendo. Ya no recuerdo qué leía. Sólo recuerdo que hacía calor.

Me molesta que la gente se disculpe conmigo cuando lee literatura liviana, de aeropuerto, de vacaciones. Me molesta porque si leer no es un placer, es un suplicio, y yo no soy nadie para censurar a quien lee por placer, sin importar qué lee. Siempre es un problema o un gozo del que no soy ni partícipe ni responsable. Tampoco sé qué responder cuando me piden que recomiende un libro. Es tan amplio el universo y tan subjetivo el amor, que no logro sentirme más que un boicoteador del proceso de  otro cuando sugiero enredarlo en alguna lectura.

No es fácil acercarse a una niña-dama-mujer de esa edad sin generar cierta alarma en sus sistema nervioso. Están atentas, sobre todo cuando la diferencia de edad supera ampliamente los 5 años. Miré mi bolso. Tenía un libro de Stevenson, el caso del Dr. Jeckyll. La dualidad, las dos personas que habitan en una sola. Tenía el libro. Ella leía Capote, se comía la uñas, seguía a Capote. Tomé el lápiz que utilizo cuando leo y anoté, en la tapa, la dirección de este blog. Me levanté, caminé hacia ella y le dije: “Si lees Capote, animate con este libro. Te lo regalo”. Se negó a aceptarlo hasta que mostré insistencia y, por fin, lo tomó. Me senté en mi lugar, volví a mi lectura. Pasaron unos kilómetros y la miré. Ella ya no podía leer. Daba vueltas en la misma página.

Bajó al ingresar en Río Ceballos. Me agradeció. Se fue. Lo último que supe con certeza es que un día después, hace exactamente 12 meses, alguien en la ciudad de Córdoba anduvo rastreando a León de Turín.

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