El tuertismo ideológico

Si vas paseando y te tapás el ojo izquierdo, podés tener un accidente. Al perder la visión de un ojo se altera la noción de profundidad y el cálculo se dificulta, lo que aumenta la probabilidad de que te estampes contra algo. Lo mismo puede sucederte si te tapás el ojo derecho. Pero todo esto es cosa bien sabida, como es bien sabido que de un ojo ves mejor que del otro.

Cuando tenemos la percepción alterada, es difícil aceptar las diferencias que nos señala el entorno porque, sencillamente, no podemos comprobarlas con nuestra experiencia. Si, además, se nos remarca insistentemente nuestra supuesta equivocación, el desenlace más previsible es una discusión y, por qué no, una pelea.

El tuertismo ideológico funciona de un modo similar. Si leés solamente La Nación o Clarín, la capacidad de percibir profundidad y calcular ciertas distancias se ve afectada. De modo análogo, si solo leés Página 12, te pasa lo mismo. Pero se agrega un detalle: hace varios años que el periodismo dejó de construir las noticias con el sesgo propio de su marca para pasar a ser, abiertamente, aliados comunicacionales de grupos económicos o de poder que tienen su propio interés y su propia agenda. Hoy resulta muy fácil saber qué camiseta tiene puesto cada medio, cuál es la canción favorita del hincha y encontrar el culpable del otro lado de la tribuna. Ya no se trata de encontrar la verdad (independientemente de lo que eso signifique) si no contar una historia desde una mirada de hincha. Vos que corriste en el 2001, dicen por acá; vos corriste por la puerta de atrás en el 2015, dicen por allá.

Cuando empecé a escribir esto el, 7 de agosto de 2017, sabíamos que había desaparecido un tal Santiago Maldonado. El tuertismo ideológico era tan claro en esos primeros días que me llamó la atención. Si mirás el inicio del caso con un ojo y después con el otro, te vas a dar cuenta de algo sorprendente: en lo único que se ponen de acuerdo el derecho y el izquierdo es en que no se sabe nada de él desde el 1 de agosto y que desde allí en más, la mayoría lo estamos buscando, tanto o más, que a los otros desaparecidos en democracia. Y acá la cosa es fácil: te tapás un ojo y podés conjeturar que Santiago está rascándose la panza en la playa o que está escondido o que, en el extremo del cinismo, el mundo no perdió nada. Si te tapás el otro ojo, podés decir que lo desapareció Gendarmería o que se les fue la mano con la reprimenda y ahora lo esconden porque se pudre todo. Eso sin tener en cuenta que entre la manifestación en el medio de la ruta 40 y vos (y yo), que leemos en casa, median miles de kilómetros, los filtros de la justicia, del gobierno y de los mismos medios que construyen la realidad según la bandera que defienden. Todo lo que sabemos del caso, lo sabemos por personas y empresas que acomodan y filtran como les resulte conveniente. Unos alentarán la idea de que Santiago fue desaparecido porque hay planes siniestros del gobierno. Otros dirán que Santiago se desapareció solo porque hay planes siniestros de la tribuna contraria al gobierno.

Pero todo esto se pone más interesante cuando se cambia el ojo con el que se mira en función de la situación: exigís todas las garantías para un ladrón de gallinas (porque lo asiste el derecho) pero acusás con pruebas insuficientes a un gendarme. Es innegable que las fuerzas de seguridad tienen sobrado mérito para ganarse la antipatía de los ciudadanos y esta hipótesis, a una semana del  hecho, sigue siendo fuerte. Aun así: ¿no merecen garantías cuando se los acusa de desaparecer forzadamente a alguien? ¿No merece un profesor acusado de abuso las garantías del procedimiento? Y cuando cambiás la mirada porque no te gusta el delito o te cae mal el acusado; o cuando lo acusaste sin pruebas, lo que estás haciendo es caer en ese espacio que los progresistas se han cansado de defender: el prejuicio no puede usarse como criterio de culpabilidad.

Las personas contamos cuentos a partir de los hechos. Si vemos, por ejemplo, un hombre tirado en el medio de la vereda con una pierna quebrada podemos realizar varias hipótesis para saber por qué está ahí. La menos disparatada asume que el hombre se quebró recién, ya sea por un asalto, caída, golpiza, accidente, etcétera, etcétera. Después podemos decir que vino una camioneta y lo dejó ahí, quebrado, o que lo bajaron unos marcianos. Como hipótesis todas las que tienen un rango de credibilidad se toman y luego se busca evidencia que compruebe o la derribe. De esto saben mucho los abogados que, si no pueden negar la existencia de una persona quebrada, tratarán de desacreditar al hombre, a la evidencia, al marciano o pondrán en duda a quienes la tomaron y la archivaron. A partir de los hechos y la evidencia se cuentan historias. Cinco hechos verificables pueden dar a lugar a una amplísima variedad de historias. La prueba de esto es que la novela policial, la justicia y los periodistas todavía no desaparecieron.

El tuertismo ideológico es una calamidad. El tuertismo selectivo es perverso: alienta a que el sistema sea benévolo con unos y crueles con los otros, y esa selección está basada en creencias, fundadas o no, de las que dependen la culpabilidad de una persona y su condena real y social. Las creencias y lo prejuicios no puede ser tomada a la ligera ni con un ladrón de gallinas ni, mucho menos, con la desaparición forzada de alguien. La culpabilidad por apariencia nos lleva a esa época que todo queremos evitar.

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