Un día menos

Un día menos
Un día típico. Un día más.

Llega la hora de cerrar. Un día en los que se puede terminar a tiempo con el trabajo que estaba pendiente y el del día, también.  Hay satisfacción en el cuerpo, en la mente, en el alma. Sabemos que todo fue hecho en tiempo, en forma y sin arriesgar nada. Se apagan los equipos, la luz, los ruidos. La llave cumple su cometido en el archivo. Los últimos documentos errantes se guardan en los cajones. Todo está hecho, todo está resuelto; los pasos se tornan etéreos, el cuerpo se acomoda al cansancio. Ya en la calle, listo para volver, se asoman los problemas relegados. Esa parte de vos, esa parte que anida en algún lugar impenetrable, te pasa una factura que no veías, una burla perversa, una suma de cosas que no encuentran salida y, otra vez, como una trampa, como una venganza por lo negado, se mete entre la sangre el aburrimiento. Un espacio laxo, insondable, una laguna de crema de leche dónde nadar para no ir a ningún lado. Porque no importa cuán bien hiciste lo que tenías que hacer, no importa la jerarquía, no importa el sueldo. Te estás haciendo el boludo (la boluda) con lo importante, porque no estás cambiando nada, porque sabés que tu trabajo no cambia nada y vagás por las calles sin rumbo, sin amparo ni hogar que te libere de lo que no estás haciendo. Porque tus horas entregadas no alimentan un chico, no educan, no saca a los nenes de los semáforos. Porque sabés que hay un lugar que te espera, que es tuyo y tiene tus huellas, pero no sabés dónde queda, donde está guardado, y mucho menos sabés por qué carajo todavía no llegaste. Porque el arte pide ayuda, la educación reclama auxilio y otros exigen no tener miedo; y tu lucha, la que te cabe, no encuentra lugar ni salida y se reduce a una inmolación minúscula, aislada, gritando  lo que te importa a gente que no le importa y que no está dispuesta a suicidarse políticamente por una causa que dice perseguir.

Todos los días, en todo los rincones, alguien resiste en su insignificancia. No tiene recursos, no tiene peso, no tiene poder y habla con una voz casi inaudible por los que no tienen voz, por el femicidio, por los qom, por un tipo asesinado en un robo, por una mujer violada, por el chico alcanzado en una balacera, por los que pagan por la justicia que no reciben, por los silenciados.

Seguís vagando, sin hogar, sin consuelo, sabiendo que mañana se encendarán las luces, se encenderán los equipos, la llave abrirá nuevamente el archivo y el mundo seguirá su curso, ahí; como si nada.

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