Economía a Contramano – Alfredo Zaiat

Es bastante decepcionante darte cuenta de que te están engañando a medida que lees un libro titulado Economía a Contramano. Las páginas pasan y la obra, tranquilamente, podría llamarse Economía en la Dirección Oficialista o Apología de la Economía Kirchnerista, sin más.

No pienso que esto le sume o le reste a la obra. Lo que sí creo es que le quita credibilidad al autor. La intención declarada en la contratapa es mostrar una interpretación heterodoxa de la economía y poner en duda algunos de los tantos postulados de la ortodoxia pero, rápidamente, se advierte que se trata de una justificación de la economía oficialista con algunas críticas muy tímidas y con pasajes que envejecen muy mal (el libro se publicó en 2012). Nos acercamos para buscar otra forma de entender la economía y encontramos con alguien que explica para defender y no para enseñar.

Pero lo que verdaderamente sorprende son los blancos que deja Zaiat en su exposición: ¿son deliberados, son apuros de la editorial para publicar o son deslices que se pueden adjudicar al mismísimo autor?

Mi primera acusación recae en el apuro editorial de Planeta, cuyo afán de vender libros supera las ganas de revisar a conciencia. Digo esto porque las investigaciones presentadas muestran profesionalismo y solidez, pero la argumentación transversal de la obra es propia de un amateur. Los esfuerzos se parecen a los de una persona que sella cuidadosamente las ventanas de su casa para que no entre tierra pero deja la puerta abierta. Y ya dejo de andar por las ramas para ir concretamente a dos puntos que intento señalar del capítulo UNO y el capítulo TRES.

En el primero, Zaiat sostiene que la economía no es difícil de abordar: solo requiere cierta dedicación y criterio propio. Pero esta observación vale tanto para la economía como para, prácticamente, la mayoría de las disciplinas que conocemos. ¿No podría decirse lo mismo de la sociología, el derecho y la programación de software? Con aplicación y tiempo, cualquier disciplina comienza a ser abarcable. Imagino que esta es la misma receta que aplican los antivacunas y los terraplanistas: cierta dedicación y criterio propio. Lo que cuesta imaginar (y mucho más cuesta estar de acuerdo) es que en este acceso universal a las disciplinas me encuentre yo discutiendo biología molecular, corrigiendo el código civil o atacando la interpretación de Copenhague. Si la economía fuese fácilmente abordable con un poco de paciencia y criterio, entonces a los medios de comunicación les costaría mentir groseramente y las personas no tendrían problema en determinar si la inflación es un fenómeno monetario o no lo es y habría consenso para determinar si es, necesariamente, mala. Los argumentos de Zaiat no encierran contradicción pero tampoco causan convicción en muchos pasajes.

Solo en deporte, política y economía la tribuna se muestra tan radicalizada y dividida entre personas que no discuten argumentos, sino posiciones. No imagino una reunión familiar en la que el foco de la discusión sea el garantismo, la ineficacia del teorema de Pitágoras o la falsedad de la teoría de la evolución. Pero es fácil hallarse en reuniones en las que se defiende la grandeza de un club, el fin del marxismo o ideas económicas muy difíciles de argumentar para algún neófito interesado. A esto se suma que muchos modelos económicos funcionaron en ciertos contextos históricos y fallaron en otros. El intento de Zaiat de animar al lector a acercarse a la economía porque es “accesible” es auspicioso pero es, por lo menos, difuso: ¿cuánta dedicación y criterio propio se necesita para hablar de economía? Como cualquier disciplina, también tiene sus problemas intrínsecos y sus puntos oscuros de interpretación y aplicación que requieren rigurosidad en el análisis y en el criterio adoptado.

Aunque tal vez se me puede acusar de puntilloso y podamos decir que mis observaciones del capítulo UNO son quisquillosas, no puedo pasar por alto el capítulo TRES, donde Zaiat aborda el problema de la fuga de capitales y el dólar. Y es en este capítulo, precisamente, donde las conclusiones nos arrancan una sonrisa compasiva. El esfuerzo por mostrar que Argentina es el país con más dólares per cápita del mundo, el esfuerzo por mostrarnos quiénes son los que más compraron dólares para atesorar y el esfuerzo por mostrarnos por qué el atesoramiento de dólares es una mala opción, no hacen más que poner en evidencia el problema del capítulo UNO, esto es, el problema de acceder a la economía con cierta dedicación y criterio propio.

En una excelente maniobra, el autor recoge el guante de los medios masivos de comunicación y se enfrenta a puño limpio contra los argumentos que más se usan para defender la compra de dólares: la inversión financiera, la inflación, la confianza, el bajo precio de Argentina en dólares y el atraso del tipo de cambio. Aunque todos sus argumentos convencen por sí mismos, Alfredo suma que hay una elite que define comportamientos de la clase media acomodada y que el régimen ultraliberal ayudó a esta tendencia. Y esto es asombroso porque acaba de pasar un elefante blanco por la ventana pero él no puede verlo porque la tiene sellada. Justifica certeramente lo que dice pero no entiende a la gente o, mejor dicho, no entiende a la gente que lo lee y que muy probablemente no figuren en su lista de las 100 personas que más dólares compraron en 2011. En la exposición, no menciona la experiencia histórica de las personas, algo que resulta insólito, porque cualquier persona nacida alrededor de 1950 ha vivido devaluaciones periódicas y quienes ahorraron en dólares y los guardaron en el colchón mantuvieron aproximadamente el poder adquisitivo en el tiempo. Menciono las devaluaciones más importantes: Frondizi, Guido, Martínez de Perón (Rodrigazo), Viola, Alfonsín y Duhalde. A esto se le suman, después de publicado el libro, las devaluaciones de Fernández, Macri y Fernández. Quienes recuerdan estos eventos no olvidan como su dinero se licuaba, a mayor o menor velocidad, día a día. ¿Y qué sugiere, entonces, Zaiat que deberían haber hecho esas personas con sus ahorros después del 2001? Sugiere que deberían haber invertido en plazo fijo en el 2003, invertido en la bolsa local, comprar bienes muebles o inmuebles. Y hasta acá sería gracioso si él no estuviese hablando seriamente.

Pensemos en una persona temerosa de sus ahorros en el 2003, cuando Argentina venía de aplaudir el default y de pesificar los ahorros. ¿Cuántas de ellas hubiesen colocado sus ahorros un plazo fijo en Argentina a 10 años, como sugiere este economista? Pero si esa inversión no convence, sostiene, podríamos haber invertido en el mercado bursátil local. Y acá Zaiat tira por la borda lo que defiende en el capítulo UNO, porque si hay una forma efectiva y rápida de perder dinero en la bolsa es transar bonos y acciones “con un poco de dedicación y criterio propio”. Pasa increíblemente por alto que Argentina tiene el mercado más chico de la región (atrás de Brasil, Colombia, Perú, México y Chile) porque que una persona común, aunque esté “influida por la elite”, no opera en bolsa porque las personas comunes no entienden la operatoria bursátil. Un consejo sabio sería advertir al lector de que no invierta en el mercado si solo cuenta con dedicación y criterio propio y otro consejo sabio sería decir cuánta dedicación y cuánto criterio propio se necesita. Gran parte de las personas que compran dólares buscan, únicamente, que no se deterioren sus ahorros y conservar, así, lo que en definitiva es su trabajo o el trabajo de su grupo familiar.

De las otras opciones que expone para demostrar el error del atesoramiento, la de comprar bienes muebles es absurda y la opción de comprar inmuebles es ridícula. ¿Cuánto tiempo debería ahorrar una persona que puede ahorrar y comprar 50, 100, 200 o 300 dólares por mes para comprar un inmueble? Zaiat empieza el capítulo UNO hablando de que la economía es accesible para cualquiera pero en el capítulo TRES habla para personas que están dispuestos a asumir riesgos enormes por sus depósitos en plazos fijos, a gente que puede y sabe invertir en bolsa y a gente que puede comprarse un inmueble, es decir, termina escribiendo para una minoría dentro de la fracción de argentinos que tiene capacidad de ahorro.

Pero no termina acá, porque también recomienda comprar bienes muebles y no se me ocurre una manera más absurda de ahorrar que comprando cosas porque es, precisamente, el extremo opuesto del ahorro. En el momento de adquirir un bien mueble, se comienza a depreciar en su valor. Y ni siquiera estoy hablando de una PC o de un vehículo 0km, que pierden gran porcentaje del valor al sacarlo del local o de la concesionaria.

El capítulo TRES se torna confuso. Al final, de todas las alternativas propuestas, atesorar dólares era la más fácil y la menos arriesgada y, probablemente, la mejor opción para un pequeño ahorrista que lee su libro. Tal vez el autor escribe esta parte para los que compran muchos dólares, pero en ese caso resulta difícil imaginar que esas personas compren para ganar dinero por el cambio de precio. No es una fuente de riqueza comprar unos dólares y esperar a que aumente el precio. Pueden hacerlo como ahorro para futuras inversiones, como una diversificación entre varias inversiones especulativas o como el anticipo a las maniobras fraudulentas que Zaiat menciona. Lo que resulta inverosímil es que alguien compre dólares como maniobra aislada de otras acciones para incrementar el patrimonio sustancialmente.

Pero habiendo hecho todo este descargo, pese a todo lo dicho y a la decepción de sentirme engañado, recomiendo este libro porque, por lo demás, es un libro que permite explorar nuevos espacios mostrando claramente las dificultades y los problemas que atraviesa el país (aunque se escribió en 2011, siguen vigentes) proporcionando datos, conocimiento y perspectivas diferente para leer los problemas que atravesamos. Tengo la esperanza de que en su próximo libro Zaiat no nos engañe con el título y la contratapa, porque haciéndolo se parece bastante a los políticos economistas que vienen limando la economía y que intenta defender.

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